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10º Año - 2ª Epoca - 21/03/2019
     AGUSTINA "LA BELLA" OTERO
Agustina Otero cambió su nombre por el de Carolina y fue conocida en toda Europa como La Bella Otero. Bailarina, cantante y actriz, acumuló una gran fortuna que después perdió en los casinos franceses. Murió pobre en Niza, con 97 años.
A Cordeirana

Agustina Otero Iglesias (Valga, 1868; Niza, 1965) nació el 4 de noviembre de 1868 en Valga, hija de madre pobre y soltera. A los 10 años fue víctima de una violación, que marcó de algún modo su naturaleza distante y desconfiada. A los 14 años, la aldeana apodada A Cordeirana se estrenó como bailarina en una tasca del pueblo y, segura de su potencial, se marchó a Portugal para hacer carrera artística.

Recorrió el país vecino con un grupo itinerante. Alcanzó fama en Lisboa. Se marchó a Barcelona, donde un banquero se ofreció a lanzar su carrera en Francia. Con 20 años pasó a Marsella y finalmente se instaló en París, donde se convertió en la estrella del famoso Folies Bergère.

Su llegada a la capital francesa coincidió con la Belle Époque. Francia acababa de perder una guerra contra Prusia (la antecedente de la actual Alemania) y pasaba por una etapa de exaltación de sus valores identitarios. Esto es: el amor, la libertad, el buen comer, el buen vestir... Además, en ese momento se desarrollaba la fotografía y todo el mundo intercambiaba postales con fotos de las artistas mejor consideradas. Las mujeres más guapas se convirtieron por primera vez en la historia en realmente famosas: eran reconocidas cuando caminaban por la calle.

También era la época del Romanticismo. Siete hombres se suicidaron por La Bella Otero. Dejaron notas dirigidas a ella en las que lamentaban no tener el suficiente dinero como para hacerla feliz.

Carolina Otero fue una gran mentirosa. Escondió sus orígenes y convenció a sus seguidores de que era una exótica andaluza, hija de una gitana de Cádiz. Bailaba de una manera poco técnica pero muy intuitiva y pasional. Las crónicas de la época apuntan que también cantaba bien y tenía dotes de actriz.

Como era común en la época, también tenía un punto de prostituta de lujo, de geisha a la europea. Para los hombres más ricos, era una señal de prestigio acudir a una velada acompañados de una mujer tan famosa y hermosa. Se sabía que no cualquiera podía pagarlo. Se cuenta que fue amante de Leopoldo II de Bélgica, Alfonso XIII de España, Eduardo VII de Inglaterra o de Cornelius Vanderbilt, entre otros grandes personajes de la época.

El fin

La Bella Otero se retiró en 1914, a los 46 años, con una fortuna próxima a los 15 millones de euros. Nunca se casó. Enferma de ludopatía, quemó su riqueza en los casinos de Niza y Montecarlo. Falleció el 10 de abril de 1965, con 97 años, en una modesta pensión del sureste francés, cedida por el casino de Montecarlo.

En un llamativo último deseo, donó todos sus bienes a la gente pobre de Valga, villa natal que nunca había vuelto a visitar. Su fortuna había quedado reducida a poco más de 90 euros.

Así acabó la vida de la primera artista española conocida internacionalmente. Hizó giras por toda Europa, Rusia, Argentina y los Estados Unidos. El padre de la independencia cubana, José Martí, le dedicó un poema tras verla bailar en Nueva York. El pintor impresionista Toulouse Lautrec la representó en un pastel. Ella misma dictó sus memorias a Madame Claude Valmont en 1926 (As auténticas memorias da Bela Otero, Anaya, 2001). Fue objeto de una película realizada por el francés Richard Pottier en 1957.

En los últimos tiempos, Carmen Posadas le ha dedicado una biografía novelada (La Bella Otero, Planeta, 2001).

Poema de José Martí

Poema de José Martí dedicado a la Bella Otero
Versos Sencillos, 1891

X

El alma trémula y sola
padece al anochecer:
hay baile; vamos a ver
la bailarina española.

Han hecho bien en quitar
el banderón de la acera;
porque si está la bandera,
no sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
soberbia y pálida llega:
¿cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
y una capa carmesí:
¡lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
ceja de mora traidora:
y la mirada, de mora;
y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz,
y sale en bata y mantón,
la virgen de la Asunción
bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
crúzase al hombro la manta:
en arco el brazo levanta;
mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
el tablado zalamera,
como si la tabla fuera
tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
en las llamas de los ojos,
y el manto de flecos rojos
se va en el aire meciendo.

Súbito, de un salto arranca;
húrtase, se quiebra, gira;
abre en dos la cachemira,
ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
la bata abierta provoca,
es una rosa la boca;
lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
el manto de flecos rojos:
se va, cerrando los ojos,
se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española,
es blanco y rojo el mantón:
¡vuelve, fosca, a su rincón
el alma trémula y sola!

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